When a person returns to the great outdoors, is natural to scream like a total maniac.

jueves, 24 de febrero de 2011

Mi primer día

Mi primer día empezó terrible.

Me dolía la cabeza. Pasé casi cinco horas checando artículos en PETA, lo que provocó que mis cinco horas diarias – en promedio – de sueño se convirtieran en una y media. Seguí mi rutina de todos los días, preparé mis cosas y bajé a la cocina. El día anterior mi papá fue por la despensa y yo le había encargado galletas y yogurt – quería ahorrar en mi almuerzo. Mi papá, que es un ángel, me trajo lo que le pedí, a pesar de que no lo acompañé como debía. Lo primero que noté fue una cosa – mi juramento del día anterior dictaba que no debía comer yogurt. Verán, el yogurt, en algún lado de su retorcida receta, tiene leche. ¡Adiós Yoplait de Piña con coco! Lo segundo fueron las galletas. Una caja completa de galletas all-bran. Saqué uno de esos paquetitos individuales, chequé los ingredientes, y en letras negritas decía “leche” y “huevo”. De nuevo, no podía comerlo.

Al final, me fui a la universidad sin almuerzo. De cualquier manera, es lo que suelo hacer y era tarde y no tenía tiempo para intentar cocinar nada. Lo que es más, soy tan floja que aunque lo hubiera habido no lo hubiera hecho.

La primera clase fue un infierno. La segunda también. Y luego la hora del almuerzo. Fue una tortura saber que, casi literalmente, no había NADA que yo pudiera comer. Había frutas, un minúsculo vaso a veinte pesos y jícama a ocho. Pedí entonces jícama – aprovechándome de mi inmenso amor por esta fruta –, agua y me resigné a no comer nada. Pasaron dos horas más antes de que cediera y bajara por frutas. Para entonces ya tenía hambre.

Terminé las horas de mi primera carrera muriéndome de hambre. Cuando terminé mi examen – a la última hora – una amiga me dio aventón hasta el lugar donde podía tomar mi combi y ahorrar lo del camión. Llegué al centro muerta de hambre y comí lo que había sido mi sueño todo el día: un gazpacho. Ahora, el gazpacho es uno de los inventos más inteligentes y saludables de los michoacanos. Es fruta picada en cuadritos minúsculos – tradicionalmente jícama, piña y mango – bañada en jugo de naranja, con chile, limón y queso. Estas últimas tres variantes son opcionales, y se me ocurre ahora que quizá debí haber omitido el queso. Lo haré para la próxima.

Fue una deliciosa comida, me quitó el hambre y fui feliz por casi todo el resto del día, hasta que llegó mi siguiente tentación – el amaranto. Aunque es bastante natural, este delicioso dulce mexicano está unido por miel de abeja. Ser vegana/o incluye no consumir productos de origen animal. Y bueno, dirán ustedes, ¿qué podría estar mal en comer miel?

Bueno, para aquellos que no lo sepan, como el resto del reino animal, las abejas también sienten. La miel se produce en panales que están liderados por la abeja reina. Para que esta abeja no deje el panal, los apicultores acostumbran cortarle las alas. Creo que sobra decir que lo hacen sin analgésicos. Cuando quieren cambiarla de panal, lo hacen, sin tomar en cuenta que sus zánganos la van a seguir al nuevo panal, aun cuando en este lo único que les espera es la muerte. Y por último, las abejas necesitan para sobrevivir en invierno, al menos sesenta libras de la miel que producen con su trabajo durante todo el año. Los apicultores no tienen la decencia de dejarlas conservar si quiera esas sesenta libras de su duro trabajo, dejándolas, en el peor de los casos, sin nada. En el mejor de los casos, suplen la rica y natural miel con azúcar artificial que, sobra decirlo, no es suficiente para nutrirlas. Pero, si el apicultor considera que es demasiado caro conservarlas vivas durante el invierno, lo más probable es que el panal sea regado con gasolina y encendido con fuego. Además, las abejas son constantemente heridas por los nada cuidadosos apicultores que extraen la miel.

Así que no comí Amaranto. Eso captó la atención de mis compañeros, y cuando les comenté que planeaba empezar mi dieta vegana, los reclamos y opiniones no se hicieron esperar. Todos esos rumores, frutos de la ignorancia de la que hace no más de dos días yo también era víctima, fueron disparados contra mí. Que sí la anemia, que sí la carne es muy rica, que sí era una mamona, que sí esto, que sí lo otro. La triste realidad es que, aunque intenté explicar mis razones, ninguno de mis compañeros me escuchó. Uno de ellos me gritó, mientras yo salía del salón y en tono de clara burla:

̶̶ ¡Yo trabajé en un rastro!

Un rastro es el lugar donde asesinan a los animales, aquí en México. Estaba molesta, me dolía la cabeza por la falta de sueño, indignada, con un poco de náusea y para acabarla de amolar – hambrienta.

Y con hambre, casi a la una de la madrugada, me fui a dormir, completamente frustrada. Mi primer día terminó terrible.

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