When a person returns to the great outdoors, is natural to scream like a total maniac.

jueves, 24 de febrero de 2011

Introducción

Por primera vez en mi vida, sé exactamente de qué podría hablar en un blog. Sé que estas cosas son totalmente al azar, pero yo quería hacer esto de una manera más formal. Tener algo que contar, algo interesante, algo que importe aunque nadie lo lea. Aclaro: una cosa es que esté consciente de la posibilidad de que nadie lo lea, otra muy diferente que no quiera que lo hagan.

Mi aventura empezó el martes, veinticuatro de Febrero, a las once de la noche – o más tarde.

Para saber cómo funciona mi vida, han de saber que Lilamedusa, es decir yo, estudia dos carreras al mismo tiempo. Todas las mañanas mi alarma suena a las cinco y media. Entonces yo oprimo “pausar”. Diez minutos después, suena de nuevo. La operación se repite tres veces, de tal manera que dejo mi verde cama a las seis. Entonces me meto a bañar. Tengo la fortuna de tener una regadera ahorradora, así que, sin demasiada culpa, me llevo hasta quince minutos en la ducha. Empleo diez minutos en cambiarme, calzarme y vestirme. Luego recojo mi cuarto. Preparo mis cosas y bajo a la sala. En el piso de abajo está mi cepillo de dientes.

Una amiga, cuyo cariñoso apodo es ‘sis’ (diminutivo de ‘sister’, hermana en inglés), pasa por mí, normalmente tarde, y nos vamos a la escuela. Mi primera carrera está alejada de mi ciudad. Subo hasta allá. Almuerzo en la cafetería, normalmente molletes (bolillo con frijoles y queso), ensalada de pollo, galletas o sincronizadas (tortilla con queso y jamón). También tomo un café, con tanta azúcar como me sea posible, todas las mañanas. Entre clases, suelo comer cacahuates (hot nuts).

A las dos, termino con mi clase de inglés. Entonces salgo corriendo, bajo caminando la avenida y tomo el camión hasta el centro. Tomo una combi que me deja frente a mi facultad. Cuando el hambre me consume, como una pizza o un poco de comida china. Usualmente espagueti, brócoli y pollo. Entre clases, más cacahuates o gomitas. A las ocho y media/nueve salgo de la segunda carrera. Entonces camino hasta el centro y tomo la combi que me lleva directo a mi fraccionamiento. Camino hasta mi casa, y, de nuevo hambrienta, meriendo lo que sea que mi familia comió más temprano, recalentado en el microondas, por supuesto. Normalmente esas comidas son pollo asado, empanizado o a la naranja, arroz, agua de algún sabor (o natural) y lechuga.

Termino mi día haciendo un poco de tarea y yéndome a dormir. Al día siguiente, repito la rutina.

Éste Martes no fue diferente en nada. Acabé mi tarea, chequé mi mail, y ¡oh, sorpresa! Un mail. No era una carta personal, nada del otro mundo. Era un aviso de Care2, una página a la que me uní hace un tiempo, en la que firmas virtualmente en unas de esas peticiones por justicia y blablablá que no sirven de mucho pero ayudan a superar un poco lo que yo llamo “culpa del sobreviviente”. Esa culpa que se siente cuando se sabe que, aunque tu país sea una mierda, es un país democrático, las mujeres tienen derechos y no te mueres de hambre. No recuerdo de que era este aviso en particular, pero tenía algo que ver con los animales. Entonces recordé que había una asociación protectora de la que yo – como amante de los animales – quería saber un poco más.

¿El nombre de esta empresa? PETA (People for the Ethical Treatment of Animals)

PETA es conocida por sus polémicas y radicalistas campañas – aunque eso yo no lo sabía. Entré a la página, y el primero que chequé fue uno de KFC, empresa que siempre me ha resultado particularmente desagradable, no solo por los rumores de pollos clones y demás, sino porque su comida, en mi país, es A-S-Q-U-E-R-O-S-A. No sé como sea en otros países, pero a juzgar por la manera en que toda la basura de otros países acaba en México, supongo que es mejor.

Lo que vi fue horrible. Jamás había pensado de esa manera en los pollos. Jamás me había sentido tan fuertemente protectora de otro ser vivo, a pesar de que siempre me he considerado amante de los animales, los niños y del mundo en general. Y a pesar de que no soy de las mujeres que lloran fácilmente, este pequeño ‘documental’, me hizo llorar. Es detestable que ocurran cosas como esas y nosotros – que nos llamamos humanos – lo permitamos.

Seguí leyendo. Los pollos se llevan la peor parte, pero no es todo. Te sorprendería lo repugnante que es el trato hacia vacas, toros, cerdos, pavos, peces, conejos y, básicamente, todos y cada uno de los animales que consumes diariamente. Pero no solo comer carne es malo; también lo es comer leche y huevos. El abuso hacia las vacas lecheras y gallinas ponedoras fue tan insoportable para mí que deje de ver vídeos y me limité a leer los artículos.

¿Y sabes que es lo peor? Que NO es necesario. Los seres humanos no necesitamos carne, no necesitamos leche y no necesitamos huevos. Lo que es más, todos estos alimentos dañan a nuestro organismo. Todas las vitaminas que obtienes de la carne las puedes obtener de alimentos de origen vegetal.

Pero, aun así, sinceramente, si al final del artículo me hubieran dicho: “puedes ayudar a que esto pare, pero te vas a morir de anemia”, lo hubiera hecho sin dudarlo. No es un acto humano vivir del abuso y sufrimiento de especies que no nos han dañado – y no podrían si quisieran – en lo absoluto.

Mi última acción consciente del martes-miércoles fue hacer un juramento en el que prometía darle una oportunidad al veganismo por treinta días.

¡Una hurra para mí!

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